Muelas

A mí las muelas del juicio comenzaron a salirme todas a la vez. Las cuatro. En aquel momento no me preguntaba si aquello era natural o si tenía alguna explicación médica, tampoco si era casualidad. Yo tenía 19 años y mis inquietudes vagaban por otros derroteros.

Lo cierto es que las tensiones que sufría el lado derecho de mi boca quedaban compensadas con las que sufría el lado izquierdo, como en una especie de equilibrio estable, no por ello menos doloroso. En vista de ese sufrimiento mi padre decidió que teníamos que visitar a Lucio, un dentista amigo suyo, así que una tarde lluviosa de primeros de enero subimos los dos al coche para acudir a la clínica.

‘Adiós cordura’, por le frère

Lucio era un tipo bastante amable que se había casado con María, su auxiliar, muy risueña también, y había utilizado su propia casa para montar allí el negocio. En realidad yo lo conocía desde niño pero mi padre sólo me había llevado a su consulta de forma ocasional y nunca como paciente, de modo que mi recuerdo de aquel lugar siempre era difuso, tornándose real con cada nueva visita. Y digo esto porque la atmósfera del sitio era oscura, misteriosa incluso; mágica en un sentido algo tétrico, poco que ver con el carácter abierto y alegre de sus dueños.

Accedías directamente al salón, un inmenso rectángulo diáfano que hacía las veces de sala de espera. En el centro del mismo una alfombra de tonos granates -o marrones, ahora no estoy seguro-, cubría todo el suelo. Había también dos hileras de sillas con patas metálicas y tapizadas totalmente de negro, que se disponían a lo largo de las paredes más largas. Y un poco más allá, como escondido en una esquina, un montón de revistas del corazón antiguas que parecían agolparse sin ningún orden en un pequeño revistero.

Pero lo que más me impresionaba de aquella estancia era el inmenso acuario que ocupaba la pared del fondo. Situada justo delante del ventanal, aquella pecera filtraba la luz de manera más o menos tenue, iluminando peces de infinitos colores y confiriéndoles de un aura que, lejos de asustarme, atraía mi atención hasta el punto de descubrirme siempre con las manos pegadas al cristal y la punta de la nariz a milímetros del mismo. Recuerdo cómo en pleno momento de fascinación mi padre se acercaba por detrás y me preguntaba: «¿sabes cuánta agua cabe en este acuario? Por lo menos 700 litros». A mí me parecía que exageraba pero con el paso del tiempo descubrí que aquello era posible.

Esa visión de los peces conseguía que durante el camino que separaba la sala de espera de la consulta luciera siempre una enorme sonrisa. Y ahora me pregunto si no estaban colocados ahí con ese propósito, el de que Lucio recibiera pacientes sonrientes, que enseñaran sus dientes de manera inconsciente, olvidando por un momento que lo que les había llevado allí eran precisamente bocas enfermas.

La silla y el instrumental de tortura; la lámpara acusadora; el olor, ese olor de clínica odontológica que aún hoy no he sabido identificar; todo quedaba en un segundo plano con el recuerdo de los peces -quizá ese era el otro objetivo del acuario-. Y Lucio devolviendo la sonrisa desde su taburete circular, con esos ojos minúsculos y entrecerrados escondidos detrás de sus gafas de pasta ochenteras. Se levantaba, vistiendo su larga bata blanca, y me revolvía el pelo exclamando: «¿qué pasa chaval?». Y María abandonaba por un momento el cuidado del instrumental para darme dos besos y agasajarme con un susurro apenas audible: «qué guapo estás».

Así que cuando ese viernes lluvioso de enero, ya mayor de edad, volví a aquella consulta, reviví como adulto las sensaciones que tenía de niño, sabiendo ya con certeza que el acuario podía albergar los 700 litros que mi padre afirmaba con tanta seguridad. Y a pesar de todo dejé que lo repitiera, volví a hacerme el sorprendido y tomé el camino de la consulta sonriente y mirándolo orgulloso, como tantas otras veces.

Lucio vio las incipientes muelas del juicio y, con buen criterio, decidió que no requerían de mayor intervención que unas cuantas limpiezas a fondo: «vamos a limpiarlas una vez por semana y si de esa manera conseguimos controlar el dolor, evitamos la extracción, ¿te parece bien?».

Me pareció bien, claro, así que las siguientes semanas se convirtieron en un ciclo periódico en el que todos los jueves por la tarde, de manera invariable, las muelas comenzaban a dolerme. Dos analgésicos, uno antes de dormir y otro después de desayunar la mañana del viernes, eran suficientes para controlar un dolor que Lucio eliminaba por la tarde con una nueva de sus limpiezas a fondo. No sé cuánto tiempo dedicaba a esa operación pero mi sensación era que se empleaba a fondo, con la finura de un miniaturista. Así durante 12 semanas, viernes sí, viernes también, con mi padre en la retaguardia charlando animadamente con su amigo dentista.

A Lucio la muerte le sobrevino el jueves posterior a mi última visita, de madrugada. Por la tarde, estando yo solo en casa, recibí una llamada de teléfono: era otro amigo de mi padre para avisar de que «Lucio, el médico, se ha muerto esta noche mientras dormía». Pocos minutos después, aún en shock pensando en que llevaba un montón de semanas recibiéndome en su casa, fui consciente de que por primera vez en muchos jueves no me dolían las muelas. Al día siguiente no acudí a la cita por razones obvias pero con el paso del tiempo caí en la cuenta de que probablemente no hubiera ido de todos modos.

El caso es que han pasado 18 años desde entonces y en todo este tiempo las muelas del juicio no me han vuelto a doler. Como si hubieran decidido dejar de hacerlo en señal de respeto por la muerte del dentista que las trataba con aquella delicadeza de artesano. O como si él se hubiera asegurado de que no iban a dar más guerra, no durmiendo tranquilo hasta rematar el trabajo. Así que ahí están las cuatro, todavía a medio salir.

Me acuerdo de esos momentos con mucha nostalgia y me doy cuenta ahora de lo importantes que fueron los paseos en coche con mi padre hasta la consulta del dentista, cómo las conversaciones con su amigo lograban que yo me enterase de cosas de mi padre que no sabía, recuerdos, inquietudes…

También de cómo él intentaba penetrar en mi absoluto hermetismo, con la misma lenta velocidad con la que mis muelas atravesaban mis encías para emerger en la superficie. Preguntándome siempre un sencillo «¿qué tal va todo?» que yo resolvía con un escueto «bien», como si así él se fuera a quedar tranquilo. Y de cómo callaba, respetando mi silencio sin saber que esa intimidad que yo intentaba esquivar, ese pequeño gran momento de interés paternal era lo mejor que me ocurría en aquellas visitas al dentista.

La intimidad con mi padre quedó congelada con la muerte de Lucio, igual que quedaron congeladas mis muelas del juicio. Pero esta semana vuelvo al dentista. Quizá sea el momento de proponerle que vuelva a acompañarme…

Han pasado casi dos meses desde la última publicación con le frère. Mi falta de inspiración y sus últimos proyectos han provocado esta espera. Volvemos juntos, por fin, con esta historia nostálgica de dolores físicos y también del alma. Esta no era la primera entrada que íbamos a publicar tras el parón pero algo debió llamar su atención para modificar el orden. Haciendo click en este enlace podréis ver qué le llevó a pintar esas manos que parecen liberar una muela.

2 comentarios

    • ¡Gracias! A mí me ha encantado cómo has jugado con las palabras. Y tienes razón, no juzgo la actitud de mi padre, tampoco la mía. ¿De qué serviría? La intimidad se acabó pero el cariño no he dejado de sentirlo, aun con una coraza de por medio…
      🙂

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