Lingual y lingüístico

Pe
‘1 y 3 pes’, por le frère

– ¡Achís!

– Salud.

– Uy, no creas, no estoy muy segura, voy de camino al médico. De todos modos, gracias, no es muy común encontrar gente tan amable así como así.

– ¿Y es muy indiscreto si muestro interés en eso que te ocurre? Sé que no te conozco de nada, no te sientas obligada a contestar, ¿de acuerdo?

– No, está bien, en realidad tengo ganas de contárselo a alguien. Es todo muy extraño: desde ayer a media tarde he dejado de tener la facultad de articular la letra que concuerda con el fonema consonántico oclusivo bilabial sordo.

– ¿Y qué letra es?

– ¿Cómo quieres que te la diga si soy inútil a la hora de emitir su sonido?

– Tienes razón, vaya una interrogación. ¿Me darías alguna otra señal conducente a su averiguación?

– Claro, es la letra que se sitúa entre la decimosexta y la decimoctava de nuestro abecedario.

– Aguarda un momento a que haga el cálculo -conté mentalmente, utilicé luego los dedos; y cuando al fin advertí de qué letra se trataba, dije muy seguro: es la… la… ¡mierda!, ¿no será contagioso?

– No lo sé, aunque visto lo visto tal vez sea verosímil hacerse el juicio mental de que lo es. Imagino que averiguarlo será cuestión de la magnitud física que ordena la secuencia de sucesos y cuya unidad en el sistema internacional es el segundo.

– Cuestión de tiem… coño, que sí, ¡que me has contagiado! Si ya me notaba yo raro desde que hemos iniciado la conversación.

– Tranquilo, no da la sensación de ser grave. Yo comencé como tú, asustada. Sin entender nada. Mas es en estos instantes, en los que van delante en el orden, cuando la situación es más difícil de manejar, luego te acostumbras; no sé cómo, y sin embargo se consigue.

– ¿Me estás diciendo que tendré que hablar toda la vida así?

– No lo sé, haz el favor de no arrojarte inconsideradamente a afirmar algo así sin un mínimo de cautela. Si acudo al médico es con la intención de conocer su alcance. No obstante lo cual, nuestra cualidad de comunicación se halla intacta, ¿no es así? Llevas un rato hablando conmigo y en realidad no has necesitado la dichosa letrita tantas veces.

– Convendrás conmigo en que es incómodo hasta el extremo. Tenemos que hacer malabares en cada frase.

– Tienes razón. Sin embargo no deberíamos dejar de tener calma. Llevo toda la noche escuchándome hablar y ha sido relativamente fácil acomodarse a esta situación, una acción de ir hacia delante bastante natural.

– Alucino contigo, ¡estás de lo más tranquila!

– ¡Conjunción casual no me queda otra! No gano nada estando nerviosa.

– ¿Y sabes si le está ocurriendo a más gente? A lo mejor es un mal o daño que se transmite de forma intensa e indiscriminada.

– No te alarmes, te lo ruego. Vuelvo a decirte que yo sufrí lo que tú estás sufriendo ahora. Y me asusté, claro que me asusté. Me gustaría volver a articular el sonido. Esa es la razón de mi asistencia al médico. De momento vamos a considerarla una contingencia eventual. Tengamos ese estado de ánimo que surge cuando se manifiesta como alcanzable lo que se desea.

– ¿No te encuentras mal? Sólo es falta de facultad a la hora de decir la letra, ¿verdad?

– Es como si me hubieran colocado un freno en la lengua, esa es la única molestia, nada más, ni ahí ni en las cuerdas vocales. En el fondo no me encuentro mal, y tras unas cuantas horas examinando mentalmente lo acontecido, incluso si no volvemos a adquirir la habilidad que antes teníamos, estoy convencido de que no será difícil avenirnos a esta nueva circunstancia.

– Vale, te haré caso. Eso sí, ahora no te vas a librar de mí tan fácilmente, si no es de mucha entidad o consecuencia, iré contigo al médico, ¿vale?

– Con una condición.

– Tú dirás.

– Sea cual sea el juicio que se forme el médico en relación a los cambios que cabrían sobrevenir durante el curso de la enfermedad y sobre su duración y terminación según los síntomas que la han conducido a la situación actual, a la salida nos tomamos un vaso con forma de instrumento metálico invertido que suena al ser dado violentamente con un badajo y que se usa con la finalidad de beber, de vino.

– ¿Un vino cuando salgamos?

– ¡Justo!

– Joder, como no ajustemos esto con celeridad se nos va a ir la vida hablando…

– ¿Querrás?

– Recibo gustoso tu ofrecimiento si antes me dices cómo te llamas.

– Oh, eso sí que es una contrariedad: resulta que la letra inicial es esa que no articulamos; y si esto le acaba ocurriendo a todo el mundo, si nadie dice mi nombre… si ni yo misma lo digo, ¿cuál será el destino de mi identidad? Quizás se diluya sin remedio en el éter que todo lo envuelve y caiga en el olvido más absoluto. ¡Nadie se acordará de mí!

– Venga, anda, que le has dado la vuelta al revuelto de tubérculos, huevos y, en algunos casos, cebolla… ¡Ahora eres tú la trágica! La identidad va mucho más allá del nombre. Además, también el mío tiene la letra, así que estáte tranquila, ya nos inventaremos algo.

– Tienes razón… A todo esto, creo que ya te has acostumbrado a hablar con rodeos…

– ¿De verdad lo crees?

– Claro tonto, di tortilla…

Este relato responde a un reto anónimo. La letra prohibida se dejó a mi elección. Que haya sido la ‘P’ no se debe a manías ocultas ni a ninguna otra circunstancia particular. Quizá sea porque el ilustrador habitual de este blog se llama Pedro. Si queréis ver qué se le ha pasado por la cabeza al leer este relato, pinchad aquí y llegaréis a su blog, le frère a mi pesar.

Lo que sí he descubierto es que, a pesar de no poder pronunciar una letra, nuestra capacidad de comunicación seguiría intacta… Dicho esto, me voy a hacer pedorretas, a ver si me desfogo con muchas pes.

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