Por dentro

Es extraño, no sé por qué te estoy llamando. De repente he pensado en lo bonito que podría haber sido conocer a tu amiga. Sabiendo cómo eres seguro que tenías algo planeado: hubieras elegido un bar del centro, uno repleto de turistas para así tener que estar muy juntos; y te hubieras ofrecido a ir a la barra, dejándonos solos y obligándonos a hablar, ¿verdad que sí? Tú haciendo de Celestina, lo pienso y me río, con lo poco que me gustan a mí estos juegos. Pero imagínate que nos enamoramos así, en un día tonto de entre semana. Ya, ya sé que era tu intención pero para mí sigue sonando a fantasía.

En fin, podría haber sido una tarde maravillosa. O totalmente nefasta, ¿quién sabe? Lo único que tengo claro es que no podría haber sido más desastrosa de lo que finalmente fue. Y es que en el momento en que te colgué todo se precipitó hacia el abismo.

Sueña
“Sueña”, por le frère

Te vas a reír, sé que te vas a reír, pero es que al intentar entrar en casa me di cuenta de que las llaves estaban puestas por dentro. Una semana, siete días: es el tiempo que llevo aquí desde mi vuelta y ya he roto una ventana y me he dejado las llaves dentro. Yo, que abandoné la ciudad para tratar de arreglar el desastre en que me estaba convirtiendo, he conseguido lo que parecía imposible, volver aún peor. Bastante peor. Pero claro, es que me he ido un mes, ¿a quién pretendo engañar? Debería añadir ermitaño a la lista de fracasos…

¿Dónde estábamos? Ah, sí, con las llaves. Nunca las dejo puestas, jamás. Incluso cuando estoy dentro de casa doy todas las vueltas posibles y luego las quito. Puede que sea paranoia. O puede que sea herencia paterna. Es por si me pasa algo, ¿sabes?, para que los que están fuera puedan entrar. Justo lo que yo no podía hacer ayer. Sí, ya sé, la ley de Murphy, para una vez que las dejo me voy con ellas puestas.

Y claro, la premisa era el cerrajero es lo último, no porque fuera una mala solución, que sí, que un cerrajero siempre es mala solución, sino porque si además tengo que cambiar la cerradura no iban a faltar a mi alrededor los que me recordaran aquello de que no se me puede dejar solo. Y bastante tengo ya con castigarme a mí mismo.

Bueno, pues ahí estaba la llave, la podía ver, ligeramente inclinada en la cerradura. Porque para colmo la cerradura de mi casa es hueca, de esas que si miras puedes ver lo que está pasando dentro. Mucha intimidad no da pero tampoco va uno pensando en que le van a espiar por ahí, ¿no? Pues cada vez que miraba por el hueco se me quedaba cara de tonto, como si la llave se estuviera riendo de mí, sí, como te estás riendo tú ahora.

¿Qué hice entonces? Ponerme en modo sureste. A ver si no quién tiene un trozo de radiografía en la cartera si no es por haber crecido en el sureste de Madrid. Que usé de todo, no te vayas a pensar: que si radiografía, que si carnet de la biblioteca -que uno ha robado de chaval pero leyendo mucho-, que si tarjeta de transporte. Vamos, que esa cartera estaba repleta de útiles para abrir puertas. Me faltaban palanca y pasamontañas para graduarme en asaltos. Pero nada, imposible de abrir.

Y así pasé no sé cuánto tiempo, con las rodillas en tierra, descubriendo lo rugoso que puede llegar a ser un felpudo. ¿Y los vecinos? – te preguntarás. Bastante tardaron en salir, alarmados como estaban por la posibilidad de que fuera un ladrón. La verdad es que no tiene mucho sentido, ¿en serio pensarían que era un ladrón? ¿Quién es el listo que se pone a robar a media tarde, a plena luz del día y lanzando improperios del estilo menudo pedazo de gilipollas eres? Si acaso un ladrón torpe. Pero bueno, es lo que tienen los miedos, que no se eligen.

En realidad sólo salió una, pobre, muy asustada. Yo le dije que era mejor que no hubiera salido, que imagínese si hubiera sido un ladrón de verdad. Y ella intentando convencerme de que entrara en su casa. Y yo explicándole que tenía que seguir intentando abrir la puerta. Y ella sacándome un plato con croquetas que se las había hecho a su hijo, que le gustan mucho pero que al final no había ido a comer. Más maja mi vecina. Oye, y las croquetas buenísimas.

En fin, que empezó a anochecer y a la incomodidad de la postura y al no poder abrir, únele la falta de luz. Y venga para arriba a encenderla, y luego de rodillas otra vez…tantas veces me levanté que al final perdí la cuenta. Y la llave seguía atravesada.

Y de repente me descubrí diciendo: al final duermo aquí, encima del felpudo, y mañana a trabajar con la misma ropa… y oliendo vete tú a saber cómo. ¿Te imaginas? En el fondo hubiera resultado cómico, ya sabes que como aparezcas con la misma ropa lo primero que te van a preguntar es: ¿dónde dormiste tú anoche? Eso da caché y, bueno, con lo que me gusta a mí hacerme el interesante…

Pues al final se me encendió la bombillita, surgió la idea, una de esas de último recurso. Llamé a mi hermano para que me trajera su juego de llaves. Aquí la cosa podría haber empeorado no sabes hasta qué límite, que mi hermano se estaba comprando un traje para una boda e ir de compras le estresa mucho. Y hacerle ir a mi casa igual no le sentaba nada bien. Pues vino. Oye, que le alegré la tarde, que no podía dejar de partirse de risa ante el espectáculo. Ni pagando, macho – decía. Y el muy cabrón se sentó en las escaleras y no se levantaba ni para dar la luz.

Que te preguntarás, ¿pero con su juego de llaves, si el tuyo estaba puesto por dentro?Pues sí. Cogí la llave del buzón, que como es más pequeñita entra en cualquier parte, y la metí en la cerradura, que ya te he dicho que es hueca. Manejando con mis manos de mujer, que al ser también pequeñas son mucho más sensibles y no solo para eso, para caricias, para manualidades diversas… sí, sí, tú piensa mal, ¡si es lo que quiero! Bueno, pues con la llave del buzón conseguí enderezar la que estaba puesta y empujarla hacia dentro. Enderezar y empujar, si es que muchas veces se reduce a eso, ¿verdad?

Y justo cuando la puerta se abrió, conseguido el objetivo y con el problema ya solucionado, me vino un acaloramiento de abajo arriba como si el cabreo se viera liberado de repente, que hasta mi hermano se asustó… cogió sus llaves y se marchó asustadito perdido, no dijo ni palabra. ¿Conoces esa sensación, la de estar enfadado contigo mismo? Pues así un buen rato. Y total, si ya estaba todo arreglado…

Vaya historia, ¿verdad? He estado toda la noche dándole vueltas a la cabeza, pensando en lo que pudo ser y no fue. Y me arrepiento un poquito: no ir a conocer a tu amiga por vergüenza. Sí, lo confieso, fue por vergüenza. Ya, ya sé que los que me conocéis me tenéis por todo lo contrario, que tampoco entiendo muy bien por qué, eso me lo tenéis que explicar algún día. Así que mira, no se hable más, si otro día está animada para conocerme te juro que será mi primera opción, no por enderezar y empujar, no seas malpensada, que si se da la opción se hará, claro, con manos delicadas siempre, ya sabes; sino porque si llego a casa después de conocerla y me tengo que quedar en la calle por culpa de unas llaves, al menos pasaré el mal rato con una sonrisa.

Bueno, y tú, ¿qué?, que todavía no has dicho nada. Te pareces a mí con las llaves, que te dejas las cosas dentro…

Esta entrada fue escrita hace mucho tiempo y estaba en reserva, quizá esperando el momento adecuado para salir a la luz. Estaba encerrada, estaba… por dentro. Ha llegado su momento, un momento de pasos atrás, de esconderse, de encerrarse y hacerse bicho bola. Esperemos que sirva como revulsivo para lo contrario, para abrir puertas, para expandir, para avanzar y recuperar parte del camino desandado…

Después del verano vuelve la colaboración con le frère, mágica como siempre. Si queréis saber qué le condujo a hacer la ilustración de esta entrada, pinchad aquí y lo descubriréis.

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