Volcanes

Entrar en ti, nacer pero al revés, huir ahí dentro, en tu oscuridad.

Love of lesbian.

Hemos salido a ganar, ahora lo tengo claro. Podemos hacerlo, tenemos la chispa necesaria para triunfar.

Te acercas despistada en el andén, un poco perdida también. La multitud se agolpa a nuestro lado, en el borde de las vías, en actitud temeraria. Rodeados de fans de Aerosmith, preguntas casi segura de haber acertado: «Hola, este es el metro que va a Rivas, ¿a que sí?». Tú eres una de ellas. «Sí», respondo cuando el metro entra en la estación.

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Los volcanes dormidos tienen pesadillas“, por le frère

 

Ha llegado el verano y lo ha hecho con fuerza; con calor y con sudor; con camisetas que se pegan al cuerpo y una humedad bochornosa. Y ahí estamos, quinientas personas y sólo dos vagones. Una pequeña parte del aforo, aunque a mí me parece estar en mitad del concierto.

La oscuridad es intensa cuando enfilamos el túnel. La gente habla alto y el vapor se condensa. Apenas unos centímetros separan tu rostro de la pared, pared que se mueve rápido, demasiado, y empiezas a agobiarte: te revuelves, te giras, te separas de la puerta, te aprietas contra mí. Tu respiración se acelera: demasiada gente para tan poco aire. «En seguida salimos a la superficie», sonrío para intentar tranquilizarte.

Un momento después volvemos a estar fuera. Alguien grita tan agobiado como tú: «¡se hizo la luz!» y el vagón aplaude aliviado, como una especie de ensayo de subida de telón. Diriges tu mano derecha al pecho, con la izquierda buscas el mío. Es un gesto liviano, quieres un poquito de mi calma, respirar el mismo aire que yo respiro, aire limpio, sereno. Entonces me devuelves la sonrisa, con ojos grandes. Y susurras un leve gracias.

«¿Mejor?», pregunto cuando alcanzamos la primera estación. «Mejor», replicas todavía sonriendo, «creo que me he mareado un poquito». «¿Prefieres que bajemos?», miro hacia tu mano, todavía en mi pecho. La retiras con mirada avergonzada: «No… no, sólo ha sido un momento».

Unos segundos de silencio hasta que se cierran las puertas. «Me llamo Nayra, ¿y tú?», dices por sorpresa. «Nayra… nunca lo había oído», afirmo sorprendido. Aceleramos. «Es guanche… ¡es que soy canaria!», dices orgullosa, «significa la que es maravillosa». «Vaya, es un nombre genial… ¡y el significado es todavía mejor!», exclamo entusiasmado. «No, lo mejor no es el significado», bomeas divertida, «lo mejor es que es cierto».

Aún estoy riendo cuando llegamos a la segunda estación. La nuestra. La de tu concierto y la de mi casa. Subimos la escalera y cruzamos la puerta de salida. La línea de salida la cruzamos hace rato…

Hablamos mirándonos, sin prestar atención al suelo que pisamos. Tus ojos, tus manos, los gestos de tus manos… estás relajada, la tensión del vagón ha quedado desterrada. «Qué curioso, ¿sabes que uno de mis propósitos de año nuevo era decir más veces la palabra maravillosa?», y tú abres ligeramente los brazos: «no, curioso no… ¡quizás sea una señal divina!», susurras mirando al cielo. «¡Un milagro!», te sigo el juego.

Sólo unos metros más allá y te indico cómo llegar al Auditorio mientras tú miras sin entender: «¿Es que no vienes?», tu rostro dibujan una mueca de disgusto. Yo bajo la mirada imitando tu gesto: «Ojalá pudiera pero no tengo entrada». «Vaya, qué lástima», te sitúas frente a mí, caminando de espaldas, y añades: «bueno, pero una cerveza sí me aceptas, ¿verdad?».

Río. Otra vez. Vuelves a colocarte a mi lado. No me da tiempo a contestar. No veo más allá de ti, ni delante ni a los lados. Te miro embelesado… y entonces me golpeo contra una farola, las gafas por el suelo. Quedo paralizado, intentando aguantar el dolor, tu mano otra vez sobre mí, esta vez en la cara: «ay, pobre, dime que estás bien». Duele, duele mucho. Duele más la vergüenza. Me agacho a recoger las gafas, te beso en la mejilla. Me marcho deprisa, tratando de huir del ridículo… me marcho casi sin decir adiós.

Subo a casa y comienzo a escribir esta historia. Diez párrafos: me golpeo contra una farola. Uno más: la cabeza me da vueltas. No es por el dolor. Es por ti. Nayra, la chica de ojos grandes, la guanche guerrera. Nayra, la maravillosa… Búscala, imploran mis entrañas. Me encuentro atrapado entre el instinto y la dignidad, entre el deseo y la vergüenza. ¡Búscala!, repiten impacientes.

Me calzo y bajo. Espero en un banco a que acabe el concierto, rodeado de latas de cerveza y botellas vacías, escuchando los últimos compases. Me pongo en pie cuando abren las puertas del Auditorio, cien mil miradas a cada lado. Cientos de personas me esquivan, algunas chocan despistadas… no es el primer choque del día. Pasan los minutos, y algo me dice que no te voy a ver, que mi suerte ha terminado por hoy. Y sin embargo ahí estás, feliz. Con el pelo revuelto y la cara colorada, tarareando aún la última canción.

Te detienes a un metro de mí, extrañada de verme así, tieso como un palo: «¡Hey, al final has venido!», esta vez me agarras de los hombros. «Es que no merecías una despedida así», improviso una respuesta. «¿Cómo estás», preguntas al tiempo que acaricias la zona del golpe. Yo me dejo hacer: «deseando tomar la cerveza que me has prometido».

Vamos calle abajo, inmersos en el río de fans de Aerosmith, igual que hace unas horas. Pero ya no hay paredes asesinas ni oscuridad opresiva. No hay agobio ni falta de aire. Sólo queda el calor. El calor y las ganas…

«Al final no me dijiste tu nombre», dices esperando una respuesta. «Es verdad. Me llamo Ignacio, aunque todos me laman Nacho», contesto. «Y tu nombre, ¿significa algo?», preguntas curiosa. «En realidad sí: Ignacio significa fogoso», miro de reojo buscando tu reacción. Es explosiva: «¡tú fogoso y yo de tierras volcánicas!», exclamas echándote a reír. «Mmm, el fogoso y la volcánica, buena combinación», replico subiendo un punto en el tanteo.

En el tonteo.

«Volcánica y maravillosa», guiñas un ojo aceptando el envite. Nuestras miradas juegan ya a otro juego. Y hemos salido a ganar, ahora lo tengo claro. Podemos hacerlo, tenemos la chispa necesaria para triunfar.

Entre los múltiples proyectos de le frère y yo que, en fin, he estado con mis cosas, ha pasado más de un mes desde la última publicación. Hoy, con un calor que parece que se resiste a abandonarnos, volvemos a juntar letras y dibujo; echad un vistazo al blog de le frère pinchando aquí y descubriréis qué le ha sugerido este relato…

Habíamos salido a ganar; podíamos hacerlo“, son las primeras palabras de “El misterio de la cripta embrujada”, de Eduardo Mendoza, una de mis novelas preferidas del que considero mejor escritor español contemporáneo.

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