Regla

Publicamos la tercera serie de historias basadas en los Ejercicios de Estilo del autor francés Raymond Queneau que, en un libro con ese mismo título, escribió una anécdota para luego reescribirla de 99 maneras diferentes, siempre sin perder su sentido original.

En esta ocasión la historia original la escribe Tania, que fue una de las invitadas de la primera entrega, y que de algún modo nos devuelve a esa historia a través de la sangre. El relato describe un momento muy íntimo de la autora, un momento que ningún hombre jamás podrá experimentar… y por eso precisamente he invitado a dos hombres para que versionaran esa historia: en un caso conecta las preocupaciones adultas con esas primeras preocupaciones infantiles; en el otro lo conecta todo a través del espacio.

Además, por supuesto, contamos con versión gráfica de le frère, muy carnal, como siempre -podéis verla más abajo y también en este enlace a su blog– y la mía propia, más fraternal.

El resultado es, como poco, peculiar. ¡Espero que lo disfrutéis!

REGLA

«¡Bienvenida al Club!» Es lo que mi hermana me dijo aquella mañana nublada y acalorada de marzo del 96. Más tarde descubrí que mi temblor de manos y mis ganas de llorar y sonreír a la vez eran sólo un pequeño reflejo de todo lo que se me venía encima. Ese día, como todos los días, fui al colegio de monjas con el uniforme a cuadros y la coleta bien peinada. A la hora del recreo jugué una especie de fútbol hecho a medida para las canchas de la escuela. Fue en el baño, justo antes de volver al aula, cuando vi la gota de sangre. Estaba hipnotizada, sin poder dejar de mirar, cuando un temblor comenzó a recorrerme los pies, subiendo por las rodillas hasta invadir todo mi cuerpo. Salí lo más natural que pude en busca de mi hermana.

Tania Moreno Aristi

LA REGLA ES VIDA

La_regla_es_vida

le frère

TARJETA PLATA

<<¡Bienvenida al Club!>>
Al escuchar la expresión, se acordó de aquel día en el que acudió a su hermana mayor en busca de ayuda y fue recibida con esas mismas palabras. Aquella gota de sangre, que no era de ninguna herida producida jugando en el patio del colegio, no estaba segura de donde venía, pero una mezcla de sentimientos y un temblor terrible recorrían todo su cuerpo.
Hoy, 21 años más tarde las circunstancias ante esas palabras son otras. Son las 7:10 de la mañana. Es la sala Club Renfe de Atocha y la señorita que gestiona el acceso es muy simpática. Demasiado simpática para un lunes laboral a esas horas.
La mezcla de sentimientos existe, pero son otros. Los temblores no lo son tanto y son producidos por la resaca que arrastra desde hace 2 noches. Quizás ahora sí que se esté haciendo mayor.
Javi Ayesa

LA PRIMERA REGLA DEL ESPACIO

El día comenzó como un día normal, bueno, quizá como un día no tan normal de marzo, que a primera hora ya notabas el calor y el bochorno, algo que no era normal en esta época del año.

Otro día más de cielo negro y puntos blancos que pasan rápido por la bóveda, totalmente tumbado en mi bóveda, en la cámara derecha del aparato a propulsión que tripulábamos mi compañero Blastoferm y yo.

Como cualquier día, sonó el despertador, vino mi madre varias veces a intentar levantarme de la cama, me incorporé, fui hacia la ducha con paso vacilante y ojos entre semicerrados y medioabiertos, me duché, me vestí con mi uniforme del colegio, me hice una coleta de la que yo estaba tan orgullosa como mi madre miraba medio lado.

Vuelta a incorporarse, aunque las dimensiones espaciales y temporales hacía muchos días, meses, o lo que sea, que habían dejado de tener algún significado para mí.

Cuando me puse frente al tazón de magdalenas tuve una sensación extraña, ganas de llorar y sonreír a la vez. Al ir a echarme la mano a la cara, incrédula de esa sensación, noté que me temblaba un poco la mano.

Cada día me costaba más, eso, cambiar mi supuesta horizontalidad por la verticalidad, asearme mínimamente con la mierda de toallitas en las que nos habíamos gastado mil millones de Bristors investigando, y que no valían para nada.

Era raro, no desagradable. Simplemente raro.

Un día más, ponte el traje, camina pesadamente hacia la nave, colócate todo en su sitio y desayuna el plasma liofilizado de todos los días.

Las clases fueron tan divertidas como lo que puedes esperar de una clase en un colegio de monjas en el año 96.

La verdad, ya no recordaba lo que estábamos haciendo en la caja de zapatos más grande y rápida de la galaxia dando vueltas como un montón de adolescentes por un parque oscuro.

Mi mayor divertimento no era otro que contar las veces que Nuria, sentada en la fila de delante, cerraba los ojos por más de cinco segundos.

Vuelta a los mandos, vuelta a comprobar que todos los niveles estuvieran bien, y vuelta a hablar con Blastoferm.

Era algo que me distraía de esa extraña sensación que te contaba al principio, el notar como sus parpadeos se hacían cada vez más largos mientras la Hermana Inés nos hablaba sobre “Evangelización en el Nuevo Mundo”, quisiera decir lo que quisiera decir.

Al principio de la misión me caía bien pero, después de tanto tiempo, aguantarle la mirada era un suplicio al alcance de muy pocos en la nave.

Sonó el timbre del recreo y, si te soy sincera, no me gustó tanto como otros días.

Y eso que sólo la poblábamos dos.

Me encontraba rara. No enferma, no constipada, no con fiebre o con el estómago revuelto.

Ni más, ni menos que dos. Y un montón de plasma liofilizado. Un plan cojonudo.

Simplemente rara.

Ese día recuerdo que estaba más harta de lo normal, más que apática, inapetente, aburrida. Estaba harta.

“Estás tonta”, pensé, y salí al recreo como cada día, a jugar esa especie de fútbol hecho a medida para las canchas de la escuela.

No te imaginas lo aburrido que es el espacio. Parece muy molón cuando te lo cuentan en La Academia, pero el espacio se llama así porque hay un montón de nada entre muy poco todo.

Me acuerdo que ese día jugué tan bien como mal.

Y esa nada se hace eterna. Más cuando tienes a un capullo como Blastoferm al lado, y es tu única compañía.

Quiero decir, había minutos en los que parecía una fuera de serie, y otros en los que estaba tan torpe que me sorprendía a mí misma.

Estaba tan harta que hasta llegué a pensar que había algo más en mi interior, como algo que luchaba por salir, unas ganas desmesuradas de que pase algo de una vez.

Sonó el timbre de nuevo y, antes de subir a clase, pasé por el baño, porque aunque seas una niña, meas como los demás.

Sea bueno o malo, pero que sea algo, porque no puedo jugar más horas con la mierda de juegos que nos han puesto en este ordenador de a bordo, y no puedo seguir ganando a Blastoferm a todo lo que hagamos, que así la cosa pierde gracia.

Ahí estaba, en el baño.

Me sentí rara a la hora del desayuno, pero la mañana con sus miles de soles en el horizonte y con más oscuridad que en la barriga de un Quaqueror de 6 cabezas, como el resto de toda esta misión, me sentí igual de rara.

Fue en el baño, justo antes de volver al aula, cuando vi la gota de sangre. Estaba hipnotizada, sin poder dejar de mirar, cuando un temblor comenzó a recorrerme los pies y subió por mis rodillas hasta mis manos. Salí lo más natural que pude en busca de mi hermana.

Las ganas estaban ahí, luchaban por salir, pero no sabía exactamente para que, por qué, o como, hasta que, de repente, los radares se volvieron totalmente locos.

Ese día me sentí la persona más extraña en este mundo, hasta que, a medio día, vimos ese gran objeto en el cielo.

Ese día me sentí la Blastiforme más extraña en este mundo, hasta que, a medio día, vi ese planeta azul en el cielo.

No sé si la sensación de rareza y mi temblor en las manos fue provocado por la gota de sangre, por la conversación con mi hermana o por esa especie de barco gigante que bajaba hacia la tierra.

No sé si la sensación de rareza y esas ganas locas fueron provocadas por la misión, por las horas en el ordenador acumuladas o por esa masa de “cosas” que se movían agrupadas.

Pero todos en el mundo teníamos la misma sensación.

Sergio Ramírez

A LA HERMANA

Nelly, ¿sabes de lo que me estaba acordando ahora? De tu hermana Tania en el vestuario del colegio, sudada y dispuesta para ducharse después de jugar aquel partido de fútbol en la cancha esa tan pequeña que había en el patio… y esa gota de sangre recorriéndole la pierna. Uf, me entra un poquito de angustia, aunque supongo que no tiene nada que ver con la que ella sufrió, con esos temblores y esa sensación de nerviosismo que hacía que llorase y riese al mismo tiempo. Quién le iba a decir que ese día iba a correr a tu lado disimulando, como si no ocurriese nada. Ella, que apenas unas horas antes estaba en casa poniéndose el uniforme y recogiéndose la coleta, tan repeinada como siempre. Pero lo mejor fue tu reacción: «¡Bienvenida al Club!», le dijiste bajo el cielo bochornoso de marzo, como si aquello no fuera excepcional…

Nacho Vallejo

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