Yo gobierno mis ruinas

Un día, en clase de música, cuando apenas contábamos 12 años, la profesora nos pidió traer una casete con una canción grabada, una que nos gustase especialmente, que escucháramos mucho en casa.

La idea era que toda la clase pudiera oírla con nosotros, como una especie de comunión donde todo el mundo pudiera mostrarse a los demás, donde todos los niños encontrasen su pequeño espacio de participación y protagonismo y, por qué no, para que la profesora pudiera conocer qué nos inquietaba, aunque fuera a través de la música que escuchábamos.

“I rule my ruins”, de le frère

Yo era el último de la lista, cosa que siempre proporcionaba una perspectiva muy particular. A medida que transcurrían los minutos el catálogo de canciones y de géneros iba en aumento: desde Mecano a Duncan Dhu pasando por Michael Jackson o Queen. Hasta los Beatles hicieron acto de presencia, viniendo a confirmar que muchos de los niños estaban influenciados por la música que escuchaban sus hermanos mayores, pero también sus padres. A mí había canciones que me gustaban, otras no tanto e incluso algunas que me parecían insulsas. El caso es que lo más duro que se había oído en esa aula hasta que llegó mi turno fue Bon Jovi.

Cuando la profesora dijo mi nombre me acerqué a su mesa, expliqué por qué me gustaba la canción que íbamos a escuchar y pulse el play, muy consciente de que, siendo la última, dejaría resaca. Y comenzó el festival: guitarras desde el primer segundo, la voz rasgada de Doro Pesch, coros como de otro mundo, heavy metal en estado puro.

Porque a mí me gustaba Warlock, un grupo heavy alemán con solista femenina. No sé si era lo más apropiado para una clase de los primeros 90 en un colegio concertado con la Iglesia católica; pero allí estaba yo, de frente al resto de la clase, moviendo la cabeza muy discretamente, soportando la mirada hierática de la profesora -que en ningún momento hizo ademán de interrumpir la canción- y buscando la complicidad de Javier, un compañero con el que me intercambiaba cintas de Metallica y de AC/DC y que me hacía el signo de los cuernos mientras asentía aprobando la canción. Acabé con el brazo en alto, el índice apuntando al cielo; con los ojos cerrados, tarareando en un inglés inventado.

La canción terminó y yo volví a mi sitio con una sensación de poder inmensa, mientras la profesora me daba las gracias y daba la clase por terminada; en los días posteriores no hizo nunca mención de lo ocurrido. A día de hoy sigo riéndome cuando me acuerdo, imaginando que la visión que tenía de mí, la de un niño discreto y educado, había quedado marcada por el sello de Satán.

Recuerdo también que la sensación de poder perduró en el tiempo. La misma sensación resurgió cuando años después recuperé la canción y descubrí el significado de su título: I rule the ruins. Sí, yo gobierno las ruinas, siempre fui el rey del drama, aun cuando esas palabras ni siquiera tenían sentido para mí.

Pero hay ocasiones en que las cosas se revelan mucho tiempo después de ocurridas. Y hoy esa canción sí tiene todo el sentido porque, no nos engañemos, todos arrastramos ruinas, y no sé si hay algún modo correcto de gobernarlas, más sabiendo que ese gobierno es siempre subjetivo y que hacemos valoraciones constantes sobre cada decisión a adoptar. Con pasión y con dolor, como dice la canción.

Ahí están los límites, a veces tan plásticos, a veces tan elásticos; las circunstancias del momento; el arrojo y los temores; el dolor que puedas generar, sea tuyo o ajeno; los beneficios y los inconvenientes, desconocidos de antemano. El festival de los pros y los contras, como me decía hace poco una amiga. Y el tiempo, que golpea implacable con cada segundo de reloj.

Y yo soy de tiempos lentos. Demasiado lentos a veces, soy consciente. Y si aquello que hay que decidir es realmente trascendente, si requiere de un profundo cambio de estado, esa condición se acentúa. No sé si es una virtud o un defecto; no sé si es una fortaleza o una debilidad. Sé que tiene una pátina de negatividad, que el tiempo se va y la vida no espera. Sé que una ruina combinada con tiempo se transforma en una ruina mayor. Pero también sé que la teoría lo soporta todo, y que lo difícil es llevarla a la práctica.

Sé también que si abro las puertas de mi ruina tendré que cargar con esa demoledora expresión de amor sincero que dice: no seas tonto, hazlo, que no necesita repetición, que con oírla una sola vez es más que suficiente… y que el tonto sobra, que ya bastante lucha tengo con intentar no decírmelo a mí mismo.

Al final la decisión siempre llega y todo lo que ocurre mientras lo hace, todo ese lapso de espera es cosa mía. Siempre. Yo tengo el poder de gestionarlo. Yo tengo el poder, sin más, lo ejerza como lo ejerza. Al fin y al cabo soy yo quien moldea mis ruinas, quien convive con mis ruinas. Soy yo quien gobierna mis ruinas.

 

 

La canción “I rule the ruins” pertenece al álbum “Triumph and agony” de Warlock, disco que hoy sigo escuchando y que, como tantos otros, descubrí gracias a mi hermano.

Esta entrada revierte el proceso habitual, surgiendo del dibujo de le frère, que a su vez lo tituló después de leer el relato; pero surge sobretodo de una conversación agradable, interesante e inspiradora con una chica con esas mismas cualidades, que ha traído multitud de recuerdos, y también la certeza de que todos nos enfrentamos a situaciones no deseadas de modo semejante.

En origen, le frère dibujó una mujer con el dedo en alto; supongo que si pincháis aquí descubriréis la razón…

 

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