Sustos

Voy caminando, pensando en llamar a un antiguo amor, cuando un autobús urbano emite uno de esos bufidos espantosos, como de descompresión instantánea. Una chica a mi lado se asusta tanto que se abalanza sobre mí, acompañando su movimiento de un gritito agudo.No llega a tocarme porque me asusto de su susto y reacciono rápido, subiendo una rodilla, cubriéndome con los brazos y gritando a su vez un ¡hostia! que suena claramente a corazón desbocado. La imagen es bastante ridícula, como una coreografía mal ensayada. Y menos mal que mi reacción es de defensa, porque al sentir la amenaza podría haber atacando a la pobre muchacha, que además del susto se hubiera llevado un puñetazo.

Estrella
‘Aquí abajo todas las estrellas son de papel’, por le frère.

 

Cuando nos damos cuenta de lo que ha sucedido comenzamos a reír, echándonos la mano al pecho, a tres metros una del otro. No nos enamoramos -no me voy a enamorar en cada relato de este blog, no sería real-; tan solo seguimos riendo mientras nos alejamos en direcciones contrarias, sin percatarnos de que mi susto asusta a un chico de edad indeterminada -por la barba-, que trata de evitarme y acaba con los dos pies en un alcorque que rebosa agua. Eso, unido a la que yo le salpico en mi caída provoca que chorree desde las rodillas hasta los pies. Y es que esta tarde ha llovido en Madrid y hay más charcos que donde los fabrican.

El chico viste unos pantalones pitillo con más agujeros que tela y ha olvidado ponerse los calcetines, así que sus tobillos van al aire -porque no se concibe que en el febrero madrileño uno vaya sin calcetines salvo por un despiste-. Su cuerpo emite señales contradictorias: a la frialdad del agua bajando se le une el calor que asciende y que culmina en sus cuerdas vocales con un joder de manual que provoca que una señora a sus espaldas dé un pequeño respingo.

La señora, que carga una malla de naranjas, no se percata de que aquel ligero movimiento, sutil en apariencia, perturba de forma extrema a las naranjas, que comienzan a moverse inquietas hasta conseguir romper la malla, rodando hacia su libertad. Ella, creyéndose dueña legítima de los cítricos y con un afán desmesurado por convertirlos en zumo, corre calle abajo, no sin antes dirigir una mirada de profundísima desaprobación hacia el joven de los pantalones pitillo con agujeros, mejor dicho, a los pantalones en sí, gritando: ¡agárrenme esas naranjas!, pensando: yo haciéndome zumos para no resfriarme y la juventud de hoy -o no, esa barba me despista- con los pantalones rotos en febrero… ¡y sin calcetines!

Las naranjas, despavoridas, hacen frente común en su huida y ocupan el ancho de la calle, acción que es malinterpretada por una chica que, despistada mirando el móvil, solo puede reaccionar cuando están a punto de arrollarla. Su pánico se traduce en una carrera sin cuartel, con las naranjas ganando terreno a base de saltitos, con la chica perdiendo un zapato, con pasos asimétricos y angustiosos. Tanto agobio acumula que se tira a la carretera, no siendo consciente de la presencia de un taxi que en ese momento inicia una carrera y que frena bruscamente para evitar su atropello. La chica, ya libre de peligro, observa cómo las naranjas siguen su camino -excepto unas pocas valientes que van a parar a su lado-, y se arregla el pelo para salir guapa en el selfie que cuelga al instante en su cuenta de Instagram.

La conductora del taxi, asustada, duda entre interesarse por la chica o atender al pasajero del asiento de atrás, al borde del infarto por culpa del frenazo, que termina saliendo por su propio pie, abriendo la puerta sin mirar mientras alza la cabeza al cielo suspirando ¡esta ciudad me va a matar!; y provocando a su vez un nuevo frenazo, esta vez de un autobús que ha abandonado el carril bus para sortear al taxi.

Yo miro por la ventana del autobús, al que he subido hace apenas unos segundos, curioso por saber qué está pasando; sin entender por qué la circulación se ha detenido de repente. Con una chica sentada en el asfalto haciéndose un selfie, con una señora a su alrededor recogiendo naranjas, con un joven -o no, su barba me despista- empapado de rodillas para abajo -¿y sin calcetines?- yendo a socorrerla; con una taxista pálida que mira dudosa alante y atrás y un señor no menos pálido que parece rezar al cielo.

El autobús, al ralentí, atrapado en aquel frenesí de coches y con un pasaje impaciente que amenaza con revelarse, se asusta y emite uno de esos bufidos espantosos, como de descompresión instantánea, que provoca que la chica que se sienta a mi lado se estremezca con cierta violencia y se abalance sobre mí acompañando su movimiento de un gritito agudo. No llega a tocarme porque me asusto de su susto y reacciono rápido subiendo una rodilla, cubriéndome con los brazos y gritando a su vez un ¡hostia! que suena claramente a corazón desbocado.

Cuando nos damos cuenta de lo que ha sucedido comenzamos a reír, echándonos la mano al pecho, a tres centímetros una del otro. Y entonces es cuando ocurre: nos miramos fijamente -¡mierda, al final me he enamorado!-, y seguimos riendo, dejando en ese autobús lo asustados que estamos, alejándonos de él en la misma dirección. Dispuestos a asustarnos juntos.

le frère y yo hemos vuelto a revertir el proceso por segunda entrada consecutiva. En esta ocasión su dibujo me ha sugerido una historia que tiene que ver con la alineación de los astros. ¿Por qué ocurren las cosas que ocurren? ¿Cuánto hay de casualidad, si es que existe la casualidad? ¿Cómo de fuerte las llamamos para que ocurran? Y cuando ocurren, ¿realmente nos las creemos? ¿Hay una fuerza superior que se divierte eligiendo a quién dota de estrella y a quién estrella sin más? Preguntas, preguntas, siempre igual…

Si queréis saber qué se le pasa por la cabeza a le frère, pichad aquí y os llevará a su blog.

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